Consejos para editoriales educativas del Siglo XXI

(Foto de Alvimann, Morguefile)
He aquí unas ideas para que la editoriales educativas puedan sobrevivir en el siglo XXI.
Abandonar definitivamente el libro de texto
El libro de texto monolítico, autocontenido, concebido como solución llave en mano, está muerto, finito, kaputt, apesta. ¿Cómo hay que decirlo para que se entienda? Tanto da que sea en papel como que sea en digital (bueno, concedo que algo se ahorrará en árboles con la versión digital, pero sólo eso).
El libro de texto tradicional (digital o no, repito) es un lastre, no da respuesta a las nuevas necesidades educativas, no es más que un enorme formulario que el alumnado acaba rellenando en un proceso que no tiene nada que ver con el aprendizaje, y que algún profesorado se limita a administrar con la misma desgana y falta de motivación que el dependiente de un restaurante de comida rápida.
Las editoriales han olvidado hace tiempo que trabajan con contenidos y se han convencido de que su negocio es vender resmas de papel impreso encuadernadas. Se trata de que se centren en lo suyo.
Olvidarse del proyecto educativo editorial
No es su función. El currículum lo establece la sociedad, lo materializa la administración educativa, y las escuelas y docentes lo convierten en un programa práctico.
El libro de texto constituye una especie de privatización del currículum, un preparado de absorción rápida para una educación bancaria (a la manera en que la define Freire).
La función de las editoriales ha de ser proveer de buenos contenidos, bien elaborados, actualizados y científicamente rigurosos.
Aprender en cabeza ajena, pero queda poco tiempo
Una de las medidas de más éxito de la industria musical fue comenzar a vender canciones sueltas, respondiendo a una demanda real. Las editoras musicales se habían convencido de que lo suyo era vender soportes de plástico que, casualmente incluían canciones, hasta que la llegada de los reproductores de mp3 y, en particular el iPod e iTunes de Apple cambió el paradigma.
Este modelo podría aplicarse a la industria editorial educativa.
Una opción podría ser crear unidades más pequeñas y específicas: unidades o secuencias didácticas, guías de proyectos, monografías, etc, en formato digital, con material imprimible, reutilizable, conectado a Internet y actualizables.
Sin DRM y a un precio muy reducido. (Ah, y respecto a la piratería, el secreto es hacer que lo correcto sea más ventajoso, cómodo y barato que piratear, es una ley básica de la competencia. Y plantearse la piratería como competencia contra la que luchar dando una mejor oferta.)
Esto convertiría a las editoriales en proveedoras de contenidos para el aprendizaje, permitiendo una individualización real de la enseñanza, personalización del currículum y formas alternativas de escolarización.
Es hora de multimediarse
Los modelos Filpped Classroom o Kahn Academy abren un nuevo espacio para la creación de contenidos atómicos, muy centrados, y de alta calidad. Las editoriales tienen la capacidad técnica y el conocimiento necesario para convertirse en proveedoras de este tipo de elementos. Profesores y profesoras para guionizarlos hay, sólo tienen que buscarlos.
¿A qué esperan? Lo necesitamos ¡ya!
Que participen en la conversación, que no traten de capitalizarla
La nueva moda entre las editoriales, y otras empresas, es la creación de plataformas y portales educativos. ¡Error! Ya se intentó a finales de los 90, con las empresas punto com, ¿y qué pasó?
Que no funcionó.
¿Por qué insistir en lo que no funcionó?
Los modelos tradicionales de comunicación unidireccional, con control editorial, de los grandes medios diciendo qué cosas son interesantes y cuáles no, y repitiendo a los cuatro vientos “qué buenos que somos”, están muertos.
Ahora se trata de participar en la conversación global. Conlleva riesgos, es un escrutinio contínuo, tendrán que escuchar, pero también tendrán que hablar.
¿Quieren prestigio? Que se lo ganen, que no lo compren (y de paso que dejen de “sobornar” a profesorado y centros educativos con regalos si selecciona sus libros).
¿Quieren clientes satisfechos? Que los satisfagan, no los convenzan de que quieren o necesitan otra cosa.
¿Hablan mal de ellas? Que reflexionen, por algo será.
Y, por favor, que no traten de capitalizar movimientos y actitudes. Que se sumen si quieren, pero como uno más. Y eso no va sólo por las editoriales.
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