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¿Enseñar a programar ordenadores? No tan rápido

Parece que toda la discusión empieza en este artículo de The Guardian y en este otro, continuación del anterior, en los que se dicen cosas como:

What is needed is a rigorous and relevant computer science curriculum. By the age of 16 they should be able to write a program that creates something like a Sudoku puzzle. By 18 they should be able to write their own programming language.

Lo que se necesita es un currículum riguroso y relevante de informática. A los 16 años deberían ser capaces de escribir un programa que cree algo como un Sudoku. Hacia los 18 deberían ser capaces de escribir su propio lenguaje de programación.

o también:

We’re in an era where computer science is the new Latin. 

Estamos en una era en que la informática es el nuevo Latín

(Hay un comentario favorable en español, por parte de Enrique Dans).

La propuesta básica de estos artículos es la de que las escuelas tendrían que enseñar programación de ordenadores como parte del currículum. Una idea que no es nueva (ver Programación para todos de 1999 y comentario en español de Carlos Fontenla), ni mucho menos (Logo, el lenguaje para el aprendizaje constructivista de Seymour Papert y otros es de 1967). Y hay algunos ejemplos más.

Esta última propuesta de The Guardian parece surgir como reacción al aburrimiento por el temario actual de la materia de informática, que consiste básicamente en ofimática, así como en la carencia de buenos programadores profesionales en Gran Bretaña.

En fin, el típico paradigma: ¿Tenemos un problema? Creemos una asignatura en la escuela. Aunque, añado yo, intentemos resolver con los adultos del futuro un problema que tenemos hoy.

El debate sobre qué enseñar

Estoy convencido de que es posible encontrar justificación para introducir cualquier dominio de conocimiento en la escuela como parte del currículum. Todo acaba pudiendo servir para algo y merece un lugar en el cargamento curricular: desde la ingeniería de sistemas a las lenguas muertas.

Por lo visto, todo lo que no sea un saber práctico que levantará la economía del país, servirá a nuestros alumnos y alumnas como la base necesaria para comprender la realidad social en la que vive, para percibir las profundas raíces culturales de la patria, o lo preparará para adquirir nuevos conocimientos en el futuro.

Nos preguntamos qué se debería enseñar en la escuela y la respuesta parece ser “¡Todo!”. No vaya a ser que en el futuro le falte algo a nuestros hijos e hijas que hayamos olvidado en un descuido.

El currículum puede ser un fardo extremadamente lleno y, por consiguiente, extremadamente pesado.

¿La informática es nutritiva?

¿Enseñar a programar ordenadores? Parece obvio y lógico. Actualmente usamos ordenadores para todo, cualquier aparato lleva un ordenador en su interior y nosotros usamos varios ordenadores en todo momento, ya sea en forma de equipos de escritorio, portátiles, tabletas o teléfonos inteligentes. Nuestras comunicaciones se basan en ordenadores interconectados, la economía, las relaciones sociales. Prácticamente todo está mediado por ellos.

Además, la programación de ordenadores requiere lógica, habilidades de solución de problemas, matemáticas y otras habilidades mentales. Sus beneficios son indudables.

Y sin embargo es una propuesta muy cuestionable.

No parece tan claro que los aprendizajes específicos de un dominio de conocimiento concreto, que requieren patrones mentales especializados para su interpretación, sean generalizables a otros dominios. Como decían Lindsay y Norman, hablando sobre ajedrez: aprender a jugar al ajedrez contribuye a desarrollar los procesos mentales necesarios para… jugar al ajedrez. Lo mismo se podría decir de aprender a programar.

En realidad, parece más posible que una persona con buenas estrategias de solución de problemas, base matemática y capacidad creativa pueda convertirse en una buena programadora.

Por otro lado, se plantean una gran cantidad de cuestiones de tipo práctico. Quienes aprendimos a programar en los 80 el BASIC incorporado en nuestros ordenadores, lo hicimos en buena medida porque era lo que había disponible y la forma más evidente de sacar algún partido de aquellas máquinas. Escribir un programa era algo bastante inmediato, con un vocabulario limitado.

Escribir un programa de ordenador útil hoy por hoy es harina de otro costal. Para escribir una aplicación útil para un ordenador o dispositivo móvil hace falta aprender un lenguaje de programación adecuado, así como los numerosos frameworks y bibliotecas (APIs) necesarios para lograr las funcionalidades básicas.

Claro que se podría argumentar que existen sistemas como el viejo Logo o Scratch, que nos permiten trabajar en un entorno de programación accesible incluso a niños y niñas, aunque poco tiene que ver esto con las necesidades de capacitación de programadores a las que aluden los artículos de The Guardian citados arriba.

Pero como decía antes, el debate no es nuevo. Y una forma de resolverlo ha sido que una cosa es el uso de herramientas informáticas como medio para lograr objetivos y realizar tareas, y otra cosa muy diferente es estudiar informática, ya sea como afición o profesión.

Claro que también hemos fallado mucho en esto, al convertir, con mucha frecuencia, la informática en una asignatura cuyo contenido es el conocimiento de las herramientas y no su utilización en proyectos de trabajo significativos, en la creencia de que “experiencia con Word a nivel usuario” es una cualificación adecuada para un puesto de trabajo.

Más sobre qué enseñar

Al pensar sobre este tema se me ocurrió plantear un ejemplo partiendo de la pirámide de las necesidades de Maslow. Si queremos diseñar un sistema educativo que responda a las necesidades de las personas, me pareció un buen comienzo, aunque sólo sea ilustrar una idea.

Las primeras necesidades que deben ser atendidas son las básicas, como respirar o alimentarse. Hay que satisfacer éstas, antes de poder plantearse siquiera las de mayor nivel. Si la informática es tan necesaria, mucho más necesaria es la alimentación.

Siguiendo el mismo razonamiento, creo que deberíamos enseñar en la escuela a obtener, cultivar, criar y preparar los alimentos, que viene a ser el equivalente de ser capaces de escribir nuestros propios programas de ordenador. Sin embargo, no lo hacemos.

De hecho, sólo una parte de la población obtiene, cultiva o cría personalmente sus alimentos. Se ha convertido en una tarea delegada en otros, y existe toda una industria y una economía basada en esa delegación. Una parte de la población se encarga de alimentar a todo el mundo (bueno, y otra parte parece empeñada en que los alimentos no lleguen a todo el mundo, pero eso es otra historia). Y del mismo modo, una parte se encarga de arreglar los coches, de programar ordenadores o de curar enfermedades.

En realidad, prácticamente no puede ser de otra forma. Y esto ocurre para cualquier ámbito. Sencillamente: todos no nos ocupamos de todo, no somos autosuficientes, dependemos de los demás para nuestra supervivencia y delegamos (y confiamos) en otros muchas tareas.

El debate sobre qué aprender

La siguiente idea puede parecer un poco extraña. Creo que parte del origen de este debate está en el modelo industrial de sistema educativo que seguimos manteniendo desde el siglo XIX (bastante antes de que la ciencia se ocupase seriamente del aprendizaje). Precisamente, una de las bases de este modelo es el objetivo de enseñar, de dotar al alumnado de un paquete estandarizado y “cerrado” de conocimientos adecuados para desempeñar su trabajo en la vida adulta que, por otro lado, se desarrollaría en un mundo relativamente predecible.

Sin embargo, hoy por hoy, cada vez cobra más importancia la idea de trasladar el foco del sistema educativo al aprendizaje. El objetivo pasa a ser ahora dotar al alumnado de competencias y capacidades para aprender, a lo largo de toda su vida, aquello que necesite, puesto que le espera un mundo desconocido, con demandas que no podemos prever. 

He escrito sobre esto más extensamente hace un tiempo. Una de las ideas era que el sistema educativo debería ocuparse de ayudar a los alumnos y alumnas a identificar y explotar sus talentos, y aprender a hacer trabajar estos talentos de manera colaborativa.

En este contexto, cobra sentido el aprendizaje de la programación (o de cualquier otro dominio de conocimiento). Pero no como una asignatura general y para todos, sino como un aprendizaje instrumental y contextualizado, gracias al cual personas determinadas pueden contribuir al desarrollo de proyectos de aprendizaje compartidos que requieran la puesta en juego de diversas habilidades para lograr el objetivo.

Exactamente del mismo modo que cualquier empresa (en cualquiera de los sentidos de la palabra) requiere de la colaboración de diversos especialistas capaces de aportar su conocimiento y competencias específicas en la consecución de un fin común.

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