Todos somos alfas y epsilones
En el sistema educativo industrial que mantenemos casi todos los países, sea cual sea nuestra calificación del rating PISA, uno de los presupuestos invisibles es: “todos los alumnos y alumnas son iguales”.
Como consecuencia, se piensa que el proceso de administrarles un paquete de conocimientos tendrá como resultado que el aprendizaje será el mismo, dentro de un cierto margen de error, claro. A eso le llamamos normalidad.
Cuando esta expectativa no se cumple, cuando el rendimiento (el concepto tiene su miga y merecería su propio artículo) de un alumno o alumna supera ese margen de error (por defecto o por exceso), suponemos que algo anda mal en él o ella. A estos individuos que pueblan los extremos de la curva normal los llamamos diversidad. Su diversidad puede tener una variedad de orígenes: entorno socioeconómico, genética, historial escolar, capital cultural… llámale X: el pobre viene con defecto de fábrica.
El tratamiento de la diversidad es un capítulo aparte dentro de todas las etapas de desarrollo curricular, y en las programaciones para las oposiciones que no falte. Es decir, se programa para el estándar y luego se establecen medidas para las excepciones, que fundamentalmente tratan de reintegrar a los diversos entre los normales.
Igualito que el control de calidad de cualquier fábrica.
El caso es que entre escolarización obligatoria, integración, inmigración y otras “ciones” de cosas, hoy deberíamos decir aquello de que “la diversidad es la nueva normalidad”. La investigación sobre estilos de aprendizaje e inteligencias múltiples, o la constatación del diverso capital cultural del grupo de individuos que llamamos alumnado nos lo está diciendo a gritos.
Tenemos que desterrar el tratamiento de la diversidad como un aspecto excepcional o extraordinario. El sistema educativo tiene que estar diseñado sobre la base de la diversidad del alumnado, no sobre el supuesto de su uniformidad, como ahora.
Diversidad intraindividual
Pero para complicarlo más, las personas somos seres multifacéticos, poliédricos. El nivel de desarrollo de nuestras habilidades, capacidades y competencias, no es tampoco uniforme.
Podemos ser alfas intelectuales y epsilones emocionales o relacionales. Tener aceptables habilidades físicas, ser paupérrimos en el razonamiento y brillantes en lo social. O cualquier combinación de inteligencia (múltiple) y su medida.
Es cierto que, en muchos casos, ciertas capacidades vinculadas entre sí se desarrollan de una forma más bien armónica, pero las dependencias no siempre son mutuas. Una buena inteligencia emocional probablemente necesite que otras inteligencias estén a un cierto buen nivel, pero lo contrario puede no ser necesario.
Por tanto, el sistema educativo también tiene que partir de la base de esta diversidad intraindividual, es decir, que las personas no somos uniformes en el desarrollo de nuestras capacidades y competencias: en algunos aspectos somos brillantes (tenemos talento), en otros aceptablemente buenos (somos competentes), en otros mediocres y en otros necesitamos ayuda. Todos y cada uno de nosotros.
A su vez, esto se relaciona con la detección y estímulo del talento, pero también con la creación de una imagen ajustada de sí mismo y la búsqueda de nuestras áreas de desarrollo.
Entender esta forma de diversidad tiene que llevarnos a educar a personas capaces de examinarse a sí mismas y reconocer sus talentos, sus competencias y sus áreas de mejora, y estimular el deseo de aprender y mejorar (no de ser él o la mejor, sino de darse cuenta de las propias necesidades) y ayudarles a identificar y alcanzar la vida que desean.
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